Una historia como muchas

Inicio este Blog con una historia que escribí hace unos meses y que publicada por mi hermano Caycedo en su Blog. Disfrutenlo!

 

En una humilde casa vive una madre con su esposo y con sus 2 hijos: un niño y una niña; Su humilde casa que tiene espacios construidos con sus propias manos, algunos sirven de habitaciones; un techo afuera cubre el comedor que no está sobre piso sino sobre tierra, butacas de madera, sillas mecedoras con un acordonado plástico que deja marcas en las piernas y a veces pellizca. Alrededor de su rancho hay árboles frutales, diferentes frutas que le sirven para comer, picar, hacer jugos y alimentar a su familia y de paso abonar la tierra, dar de comer a las gallinas, los pollos, los perros que conviven con ellos y algún otro animal que los visita de vez en cuando. Las gallinas dan huevos y crías que también sirven de alimento. Su tierra es pequeña, razón por la que no puede tener vacas, pero vende huevos entre sus vecinos y con eso le compra la leche al campesino que vive en la misma vereda a menos de 1 kilómetro. Uno de sus hijos lleva los huevos en su
bicicleta y regresa con la leche. En su rural localidad cuenta con servicios de electricidad y de agua por lo cual no necesita ir a buscarla, sin embargo tiene que pagarla con dinero. Su esposo y su hijo trabajan la tierra, y venden productos en el supermercado, donde consiguen otros que no pueden producir. Sus hijos van a la escuela, pero en general todos los habitantes son poco estudiados, no quieren saber más, saben lo suyo; tienen los suyo y no quieren tener más. En su experiencia, generación tras generación han conocido su tierra, su clima, qué temporadas son buenas para esto o para lo otro, algunas enseñanzas se confunden con leyendas y con agüeros. El río pasa cerca, a menos de 5 kilómetros, de vez en cuando bajan al río y pescan para comer. Cada día sale el sol, y nunca ven la noche sin comer, sin sonreír y sin dar gracias a Dios por el día que vivieron.

Un buen día, estaban todos en la casa, cuidando sus animales y sus árboles frutales. De pronto aparece en la entrada de su tierra un carro que se detiene a escasos centímetros de la bicicleta que usan para traer productos. Un par de señores sonrientes salen del vehículo, saludan y se presentan. Empiezan a hablar y ellos interesados en el lote lo caminan, lo miden, les gusta. Los hijos miran entre curiosos y miedosos el carro, nunca han manejado uno, todo huele diferente, las llantas, el motor, las sillas, la ropa, los colores, la música, todo es muy llamativo. Los señores les cuentan de la vida en la pequeña ciudad que hay cerca, les hablan de lo que la gente hace, lo que tienen, lo que el dinero puede hacer y les hacen
una oferta por su pequeño y ancestral hogar. La oferta es grande a la vista de nuestra campesina familia; inocentemente piden más y se los dan. El negocio se ha cerrado y ahora deben dejar su tierra.

Al salir con sus pertenencias también los acompañan la de la chicha y el de las vacas; todos hicieron negocio con el amable forastero quien ahora inicia un proyecto para realizar un lugar de descanso para personas que como él, viven en una vida de estrés por conseguir el dinero que les permita sobrevivir y que les pueda dar el lugar de descanso en estas tierras. Un lugar para descansar de sus propias necesidades banales y evitar las distracciones que le impone la sociedad. Una sociedad de la que no pueden escapar pero a la que quieren renunciar por al menos unos días al año.

Mientras tanto una familia llega a la ciudad con muchas esperanzas, mucha inocencia. Pronto perderán todo, así como los vecinos que se quedaron perdieron los huevos, las frutas y la leche y pronto tendrán que dejar la tierra que perdió quién la trabajara y quién la cuidara.

Aun creemos que el desarrollo es sinónimo de infraestructura y riqueza, aún culpamos al conflicto armado por despojar de tierra a nuestros campesinos pero somos ciegos a que el ritmo de vida planteado también los afecta a ellos, también afecta los campesinos y hasta a los indígenas que viven en paz en la naturaleza en medio de nuestras selvas. Eduquémonos y eduquémoslos, en vez de robarlos y
engañarlos, protejámoslos y unámonos a ellos. Volvamos los ojos a ellos y aprendamos, despertemos, no nos dejemos distraer, la tierra nos da todo y el verdadero desarrollo incluyendo el tecnológico puede darse sin competir y malgastar los recursos de los cuales depende nuestra propia vida.

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